Llevo años dando clases de canto. Hablo y canto casi todo el día, todos los días.
Durante mucho tiempo simplemente lo acepté: si terminaba el día ronca, era porque “así es el trabajo.” Cantar y hablar tanto tiene un costo, pensé, y ese costo era quedarme sin voz varias veces a la semana.
No busqué una solución elegante. Busqué una que funcionara antes de la siguiente clase.
Empecé por lo obvio: más agua, más té, hablar menos entre clases si podía. Ayudaba un poco. Nunca lo suficiente. Seguía terminando el día con la voz apretada, y algunos días con la voz que simplemente ya no quería responder.
Lo que realmente cambió las cosas no fue un remedio nuevo. Fue dejar de tratar mi voz como algo que “aguanta o no aguanta,” y empezar a tratarla como lo que realmente es: una herramienta de trabajo con una carga que se puede manejar, si sabes cuándo y cómo hacerlo.
Ahora hago ejercicios específicos en la mañana, antes de empezar a dar clases, no después de que ya empezó el desgaste. Durante el día, cuando noto que la tensión empieza a acumularse, hago algo puntual para cortarla ahí mismo, no esperar hasta la noche. Y antes de dormir, hago algo distinto: no es “descansar” en general, es una rutina específica para que al día siguiente no empiece ya cansada.
Eso es, literalmente, la estructura del Protocolo Anti-Fatiga Vocal. No lo diseñé en un pizarrón. Lo fui armando porque era lo que yo misma necesitaba, clase tras clase, hasta que dejó de ser algo improvisado y se convirtió en un sistema que uso todos los días, y que ahora comparto con quienes hablan por trabajo tanto como yo canto por el mío.
No es una cura. Es lo que a mí me funcionó para dejar de aguantar y empezar a manejarlo.
La creadora del Protocolo Anti-Fatiga Vocal